“Se trata de gente peligrosa”
Vladímir Kramnik ha vuelto a hablar. Y lo ha hecho sin filtros, en una entrevista concedida al medio ruso Sport Express, donde rompe su silencio para profundizar en la guerra abierta que mantiene con la FIDE tras la muerte de Daniel Naroditsky. El excampeón del mundo no se esconde: sus palabras son duras, su mirada lúcida, y su mensaje, más político que nunca. Dice que no busca conflicto, pero cada frase suena a un acto de resistencia.
“Se trata de gente peligrosa”, afirma sin rodeos, en una de las declaraciones más contundentes de toda la conversación. No lo dice al azar. Kramnik habla de presiones, manipulación y una organización que —según él— ha perdido la brújula moral que debería guiar al ajedrez mundial. El tono es el de alguien cansado de callar. “Durante un año ofrecí a la FIDE presentar mis hallazgos. Me ignoraron”, recuerda, aludiendo a los mensajes recientes publicados en su cuenta de X. “No recibí respuesta. Y ahora dicen que yo ataco. Solo digo la verdad.”
En la entrevista, Kramnik combina reflexión y denuncia. A veces se detiene para hablar del ajedrez como una pasión que se le ha vuelto amarga; otras, apunta directamente a las estructuras de poder que, a su juicio, están dinamitando la credibilidad del juego. “El problema no es un árbitro o un jugador. El problema es sistémico. Es la cultura de silencio, de miedo, de conveniencia.”
Cuando el periodista le pregunta si no teme represalias, Kramnik sonríe con ironía: “¿Qué pueden hacer? ¿Quitarme el título? Ya lo gané hace veinte años.” Y es que detrás del enfado hay algo más profundo: una sensación de pérdida. La de un ajedrez que, según él, ya no responde a los valores que lo hicieron grande. “No quiero que el ajedrez se convierta en una farsa donde los resultados se deciden en los despachos y no en el tablero.”
El tono general de la entrevista oscila entre el desencanto y la lucidez y desgrana un argumento que lleva tiempo madurando. En su relato, la FIDE no es solo un órgano deportivo, sino una maquinaria opaca donde la transparencia brilla por su ausencia. “No tengo nada personal contra nadie”, insiste, “pero cuando una organización se cierra sobre sí misma y deja de escuchar, se convierte en un peligro.”
Sus palabras resuenan especialmente después de su reciente anuncio legal: una demanda contra la FIDE por lo que considera una gestión negligente y un intento de silenciar voces críticas. Lo que en otros tiempos habría parecido una cruzada personal, ahora suena a síntoma de algo más grande. “No soy el único que ve lo que está pasando. Solo soy el único que lo dice en voz alta.”
El periodista intenta llevar la charla hacia el terreno personal: cómo vive este enfrentamiento, qué le motiva a seguir. Kramnik responde sin titubeos: “Me he pasado la vida defendiendo la lógica, el pensamiento crítico, la verdad del tablero. No puedo quedarme callado cuando veo cómo todo eso se degrada.” En otro momento, lanza una frase que podría resumir su estado de ánimo: “No me interesa tener razón, me interesa que el ajedrez no pierda su alma.”
En redes, sus detractores lo tildan de conspirador; sus seguidores, de héroe incómodo. Pero Kramnik parece ajeno a esa polarización. “La verdad no depende de quién la diga. Si molesta, es porque toca donde duele.” En esa línea, critica la “respuesta corporativa” de la FIDE, su aparente indiferencia ante las quejas y el modo en que intenta —según él— desviar la atención con comunicados vacíos. “Lo he visto muchas veces: el que incomoda se convierte en el enemigo. Pero el verdadero enemigo es el miedo.”
Hay también en la entrevista un tono casi confesional. Kramnik recuerda su paso por los campeonatos del mundo, su respeto por Magnus Carlsen y su tristeza al ver cómo el entorno del ajedrez se ha vuelto tóxico. “Magnus, con todos sus defectos, sigue amando el juego. Yo también. Pero cuando ves lo que se está haciendo con él, entiendes por qué se fue.”
El cierre de la entrevista deja una sensación de incertidumbre. No se sabe si su demanda prosperará ni si la FIDE responderá. Pero lo que sí parece claro es que Kramnik ha cruzado un punto de no retorno. “He perdido amigos, me he ganado enemigos, pero no me arrepiento. Si no hablo ahora, mañana puede ser tarde.”
En un tiempo donde muchos prefieren la corrección a la verdad, Kramnik se mantiene fiel a su papel de hereje. Tal vez eso lo convierta en un problema para la FIDE. O tal vez, como él mismo insinúa, en la última voz honesta de un sistema que ya no soporta los espejos.








