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Descartes empezó y acabó diciendo “Pienso, luego existo” olvidando en su enunciado una parte fundamental del ser humano: la emoción.

El pensamiento humano provoca una serie de interpretaciones sobre la realidad ajenas al cuerpo. Conocemos experimentos llevados a cabo a base de administrar curare de manera controlada a pacientes para inhibir su acción motora, que demuestran que el pensamiento sigue su curso con independencia del cuerpo. El curare es un término genérico para los venenos de flechas de América del Sur, por lo general extraídos de la planta toxifera strychnos o Chondrodendron tomentosum. También conocido como tubocurarina y funciona como un agente de bloqueo neuromuscular o relajante muscular.

A pesar de lo anterior, es difícil pensar en la toma de decisiones sin un componente no verbal. Los niños, que aún no han aprendido a controlar su cuerpo, llevan el proceso mental al extremo opuesto. Su frustración se manifiesta en aspavientos, irritación visible, movimientos de manos. Es su forma de enfrentarse a un problema y también de comunicarse.

El movimiento humano habita detrás de cada toma de decisión pero ¿y la emoción? Algunos neurólogos, como Antonio Damasio, afirman que es no es posible la toma de decisiones a-emocional. Es decir, sin ningún tipo de implicación emocional. La objetividad como tal no existiría, lo que implicaría que no podamos trazar un plan o tomar una decisión sin sentir absolutamente nada.

toma decisiones

El competidor de ajedrez lo sabe bien. Junto a él lleva una carga emocional que se despliega en la partida. Recordemos lo que se dice de David Bronstein: en una ocasión, Bronstein tardó 40 minutos en mover su primera pieza y luego ganó la partida, ¡un fenómeno! cuando le preguntaron por qué, respondió mirando fijamente al tablero: “estaba pensando dónde había puesto las llaves de mi casa”. Si la anécdota es cierta, Bronstein necesitó despojarse de su mochila de emociones antes de poder razonar sobre el tablero. No parece posible desconectar únicamente nuestra conciencia emocional y mantener la conciencia cognitiva. Eso es lo que hacen las máquinas y las supercomputadoras (entre otras cosas)

Cuando valoramos una posición y consideramos las distintas opciones básicamente extraemos las consecuencias de cada resultado, es decir, valoramos la situación generada de acuerdo con los objetivos que se pretenden alcanzar y los comparamos. Para ello se valoran la probabilidad de que un resultado, es decir, su incertidumbre; junto con los beneficios o perjuicios que pueden conllevar que ocurra, es decir, las consecuencias de cada resultado. Esta evaluación se realiza a veces de forma consciente y pensada poniendo en una balanza cada aspecto del resultado; en esos casos se emplean conceptos como Utilidad = probabilidad x valor. Pero muy frecuentemente, sobre todo cuando no tenemos tiempo, evaluamos de forma general tomando solamente el sentimiento o la sensación que incluye la impresión global que nos evoca la situación prevista. Esta evaluación puede hacerse de forma automática, es decir, sin un pensamiento consciente, guiándonos solamente por las sensaciones que nos ha producido. Y es aquí donde la emoción y la intuición se manifiestan de una manera más visible como herramientas válidas en la toma de decisiones.

No obstante, la toma de decisiones es una faceta cognitiva treméndamente rica que iré abordando en posteriores artículos.

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