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El Turco o la ilusión de un genio

Todo el mundo conoce la historia de los autómatas de ajedrez. En 1770, en la corte de la emperatriz de Austria, María Teresa, Wolfgang Ritter von Kempelen (Bratislava 1734 – Viena 1804) presento el primero de ellos al que llamó “El Turco”. No es extraño que fuera así: Kempelen jugaba regularmente al ajedrez y otros juegos con la emperatriz, ya que era consejero de la corte.

Pero von Kempelen resultó ser uno de los mejores inventores de la época y un erudito.

Toda su vida se dedicó a ayudar a los discapacitados, y fue un pionero en la educación de ciegos: fundó la primera escuela de ciegos del mundo. Intentó imitar artificialmente el habla y desarrolló una máquina que hablaba, el “Mecanismo de la Palabra Humana”.

También escribió una obra de teatro, un melodrama titulado Andrómeda y Perseo, así como realizó dibujos y escribió poesía. En Viena, donde murió, en su honor se instituyó el premio Wolfgang von Kempelen de Ciencias.

¿Un fraude?

Poco después de su muerte, se descubrió que el autómata, en realidad, no jugaba de forma autónoma, sino que escondía en su interior un maestro de ajedrez que era quien jugaba realmente (se cree que fueron unos 15 a lo largo de la vida de “El Turco”). Ello llevó a la creencia de que todo era una estafa, pero hoy en día Kempelen está considerado uno de los pioneros de la automatización y la robótica. Su engendro era una maravilla de la ingeniería.

Esto no impidió que posteriormente aparecieran otros autómatas: Ajeeb (1868 y que manipuló, entre otros Harry Nelson Pillsbury) y Mephisto (1878).

“El Turco” recorrió medio mundo jugando contra muchas de las personalidades de la época que, dicho sea de paso, no eran muy duchos en el ajedrez. Es cierto que se enfrentó a Napoleón en 1809, en una partida que empezó así:

Cuentan que Napoleón tiró las piezas visiblemente enfadado.

Pero no llegó a jugar contra Federico el Grande, como se ha escrito. Entre otras cosas porque el Rey de Prusia estaba en guerra constante con Austria en esa época.

Un lugar en la historia

Pero aparte de la originalidad y genialidad del diseño, ¿Qué aportaron a la historia del ajedrez estas máquinas? Bueno, en realidad si dejaron su legado, especialmente a partir de 1820 donde un gran aficionado al juego, WJ Hunneman, amigo de Maelzel (que esa época era el dueño de El Turco) y director ocasional del autómata, decidió anotar la gran cantidad de partidas disputadas por el mismo durante una visita a Londres.

Estas partidas se jugaron, con toda probabilidad, con ventaja de peón y jugada, en la que se eliminó el peón de alfil de rey (f7). Una de ellas tuvo especial interés:

¿Qué tiene de especial esta partida? Pues que es el primer juego anotado en la que aparece involucrada una mujer. La famosa partida Napoleón-Mdm Remusat es apócrifa (el verdadero nivel del Emperador francés lo hemos visto más arriba). Aparece en la página 112 de “Diversiones en el ajedrez” de Charles Tomlinson (Londres, 1845).

¿Un autómata Campeón mundial?

Pero quizá el momento más interesante para los ajedrecistas llegó de la mano del último de los autómatas construidos, Mephisto, y también el más especial.

Si se han fijado en ilustraciones de El Turco y Ajeeb (hay muchas de ellas en internet), verán que ambos tenían el consabido cajón donde se ocultaba el maestro de turno… ¡Pero Mephisto no! No habían compartimentos donde esconder nada.

Entonces ¿Cómo funcionaba? Por increíble que parezca, sigue siendo un misterio.

Su constructor (Charles Godfrey Gümpel, fabricante de miembros ortopédicos en Londres y que trabajó durante 7 años para crearlo) aseguraba que se movía por impulsos eléctricos, pero es bastante increíble que a finales del siglo XIX se pudiera mover un artefacto a distancia solo con la electricidad. Leonardo Torres de Quevedo no construyó su Telekino (que movía un pequeño barco de juguete por control remoto) hasta 1903.

Dos figuras mundiales frente a frente

Pero aún así está claro que era manipulado por un maestro, y en este caso muy fuerte, nada más y nada menos que Isidor Gunsberg, uno de los mejores jugadores del mundo en ese momento y que retó a Steinitz en un encuentro por la corona mundial en 1890 que perdió por escaso margen (+4 – 6 =9).

Antes de llegar a eso, Gunsberg fue tentado a conducir a Mephisto (ser jugador profesional en esa época no era muy lucrativo). En una nueva exhibición en Londres, 1883, se vio jugando con un rival inesperado:

Mihail Chigorin, considerado el padre de la escuela rusa, jugó dos encuentros mundiales con Steinitz, quedándose a una jugada de proclamarse campeón del orbe. También jugó varias partidas con el campeón austriaco solventando acaloradas discusiones sobre variantes de aperturas.

Parece ser que Chigorin no sabía quién manipulaba el aparato, y quedó muy sorprendido por su derrota. Esta partida podría haberse producido perfectamente en un Campeonato Mundial….

Antes el autómata ganó un torneo organizado por Counties Chess Association en 1878;  fue el primer ente no humano (o casi) en ganar un torneo. Si Gunsberg era capaz de manejar complicados aparatos eléctricos y al mismo tiempo derrotar a los mejores jugadores del mundo, entonces podemos considerarlo un verdadero genio.

El fin de una era

Gunsberg fue sustituido por Jean Taubenhaus y la última aparición de Mephisto fue en la Exposición Universal de París (1889). Luego de esto no se tuvo más noticia de él ni de ningún autómata ajedrecista manejado por el ser humano.

Pero no tardaría mucho en aparecer el primer aparato totalmente autónomo que era capaz de jugar por sí mismo: “El Ajedrecista” de Leonardo Torres de Quevedo (1914).

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